El antivirus G Data InternetSecurity, la gran oportunidad para Ubuntu 11.10

6

Hace un mes me planteaba si contar mi experiencia con el antivirus de la compañía alemana G Data Software, que ha pasado a mi biografía informática personal como el primer antivirus por el pagué… y el último. Decidido a proteger de forma elitista mis ordenadores, abandoné mi clásico AVG Free, con el que nunca me había ido mal, y pasé por caja para comprar 3 licencias del que decían era el mejor antivirus del momento, con dos motores a los que no se les pasaba por alto ni un virión de pacotilla. Pues no vean, debían ser los motores de un cuatro latas. ¿El resultado? A la semana el portátil desde el que les escribo sufrió un infarto agudo: el antivirus dejó de funcionar bruscamente, avisándome de que estaba desprotegido, intenté activarlo de nuevo y no me dejaba, y cada programa que trataba de abrir sufría la misma parálisis. Tal como me imaginé era un virus. Tras dos horas y media de dura lucha decidí cortar de raíz para no perder mi tiempo: formateo. Eso sí, dirigí un email a G Data Software (ya que la llamada al Servicio Técnico cuesta un ojo de la cara) explicándoles que su antivirus tan premiadísimo es un mojón de vaca y que a ver si podían explicarme qué había pasado. Su respuesta, como es habitual en los servicios de soporte informático, fue uno de esos “tipo”, en el que me explicaban cómo hacer un disco de arranque y bla, bla, bla. Estaba solo ante el peligro. Lo primero que hice fue desinstalar el G Data InternetSecurity 2012 de mi ordenador de sobremesa, no sé si por miedo o por el coraje que me entró, y volver a instalar el AVG. La siguiente cuestión tras el formateo del portátil fue… ¿qué hago? Y se me cruzaron los cables.

 

Víctima de la amnesia y sin posibilidad de reinstalar el Windows original del portátil (como es habitual actualmente, no te dan disco ni leches), decidí darle la enésima oportunidad al Software libre, o como demonios llamen ahora al software gratuito. En un “plis” me bajé el Ubuntu, que además estrenaba versión 11.10, y en un periquete lo instalé. Se colgó. Es un mal menor, pensé, probaremos de nuevo. Es mi máxima desde que hace 18 años me embarqué en el mundo de la informática: persevera, si a la primera no sale, inténtalo de nuevo de la misma forma y terminará funcionando. A la segunda el Ubuntu funcionó. ¡Qué bonito! pensé. ¡Qué rápido carga! advertí, como si fuese la primera vez que usaba Ubuntu, vamos, aunque en las otras ocasiones lo instalé paralelo a Windows y solo aguanté “probándolo” unos 3-4 días a lo sumo. Una vez más, los problemas llegarían los días sucesivos al comenzar a “funcionar” con mi nuevo amigo.

 

Es verdad, el Ubuntu 11.10 es bonito, tiene la claridad del iOS, y su rapidez de carga en un portátil de tres años y medio como el mío se agradece, pero sigue siendo Linux a pesar de la barrita de inicio rápido que se han inventado, que sale al desplazar el ratón por el lateral izquierdo, y en la que puedes anclar las aplicaciones que más usas. Sin embargo me preguntaba ¿dónde demonios está la barra de tareas?. La respuesta llegó tras días de búsqueda: no existe. Para pasar de un programa a otro tenía uno que irse a la barrita de inicio rápido. Y para buscar un programa que no estuviese en el inicio rápido tenías que, o bien ensuciar el escritorio y llenarlo de iconos, o bien irte a un buscador de programas y escribir su nombre. ¡Qué práctico! Si ésta es la ventaja de ser distintos a Windows, acabáramos. Pero es que también echaba de menos terriblemente el botón que permite “ver escritorio” directamente, y que minimiza al instante todas las aplicaciones. Ambas cosas me las apañé buscando una barra de tareas bastante cutre y configurando lo de “ver escritorio” cuando pasase el ratón por la esquina superior derecha. Algo era algo, pero ninguna me resultaba práctica. Además, a los pocos días ya estaba cansadísimo de la barrita de inicio rápido (Unity la llaman), que aparecía inoportuna muchas veces en las que trataba de cerrar un programa.

 

Luego está la habitual diversión de buscar codecs, drivers, bla, bla… No todo funciona a la primera y tienes que tirarte un rato para poder ver un video o encontrar un programa que haga lo adecuado con el archivo que necesitas abrir. Y todo ésto termina felizmente si lo consigues, porque yo sigo esperando a poder utilizar algunos javascripts y adobes y tal, y a poder ver Maps de Google en mi Firefox y mi Chrome pues con ninguno se cargan. Tírate otra media hora, siendo optimistas, a ver si lo arreglas (yo ya paso). Luego están programas como Skype, en fase beta, que se cuelga cada dos por tres: pues CTRL + ALT + SUPR. ¡Que tampoco existe! Media hora para buscar y hacer funcionar un equivalente, el tal Monitor del sistema, que tuve que anclar en la barra de inicio rápido porque se me colgaba todo el rato el chat de voz. ¿Que por qué no uso programas Linux “friendly” como Pidgin? Pues porque el Skype es un programa de puta madre y el Pidgin no me gusta. Lo que ha conseguido Ubuntu es que ahora también odie a Skype. En media hora ya has llenado la barra de inicio rápido con cosas que tienes que usar por cojones: Monitor del sistema, Terminal para escribir comandos del demonio porque es que no van a automatizar todo en Ubuntu (si no sería como Windows), Centro de Software para encontrar programas que necesitas (algo que ocurre con frecuencia al principio), Carpeta personal para poder tener un administrador de archivos a mano, Configuración del sistema por lo mismo que el Centro de Software… Vamos, que ni los rosarios de las abuelas.

 

Por otro lado hay un sobrecito en la barra superior, al lado del volumen y la hora, que lleva a Thunderbird. Yo no quiero usar Thunderbird, no quiero ver ese sobre ahí, que me lo quiten porque me molesta mucho. Pues no se puede, al menos hasta donde yo he buscado. También la personalización de carpetas deja mucho que desear respecto a Windows. Y ya no digamos conectar en una red wi-fi un sistema Ubuntu y un sistema Windows. Vamos, me he tirado un par de horas intentándolo y he desistido, aburrido de intentar mil cosas que dicen en los foros y que ninguna funcione. He recuperado mis abandonados “pendrives” para pasar cosas de uno a otro y a tomar por saco. Así de aburrido me he quedado.

 

Ayer tomé la decisión definitiva: volver a Windows como sea. Prefiero gastar los dineros en algo que sé que funcionaba, y lo hacía bastante bien, que seguir arrastrándome con un sistema que, cierto es, te lo regalan, pero que a mí no me sirve. Igual el que tenga mucho tiempo para configurarlo y trastear en él, o bien lo use para cosas muy concretas, esté súper contento. Igual hace falta un cursillo previo o, definitivamente, todo ésto sean excusas y mi pereza y mis neuronas se hayan apoltronado en el “dámelo todo hecho”, pero es que prefiero pasar mi tiempo viendo una película que encontrando la forma de ver el puto escritorio del sistema operativo. Hasta siempre, Ubuntu, y gracias por tu ayuda.

GEOX, el zapato que respira, pero poco

42

Comprarse unos zapatos de la marca GEOX supone habitualmente hacer una inversión de unos 90 euros como mínimo. La cantidad de propaganda que nos bombardea lo bueno que es este calzado atrae como un imán a los que sufrimos de gran sudoración del pie a probarlo. Mis primeros GEOX (a partir de ahora G.) fueron comprados en diciembre de 2009 por el precio de 100 euros. Se “trataba” de un calzado informal pero de invierno. Las primeras semanas, hasta la octava o así, lo mío con esos zapatos fue una luna de miel. Mis pies recocidos e inflamados fueron curándose poco a poco, notaba el pie más refrigerado que con el clásico calzado informal, y objetivamente, para mi sorpresa el pie llegó a recuperar su salud casi por completo; hasta el mes de marzo. Con recelo observaba que la famosa plantilla no solo iba perdiendo su color blanco a medida que combatía el calor que emitía mi pie, sino que llegaba a ponerse negra en los puntos de gran sudoración hasta el punto de acartonarse. Paralelamente el aspecto exterior de los zapatos se fue “envejeciendo”.

Llegó abril y decidí que, por el bien de mis pies y debido a que parecía que la plantilla estaba diciendo basta (y no se pueden comprar separadas en las tiendas), iba a hacer una nueva inversión. Igual es que casualmente este par había salido malo después de tan solo cuatro meses de uso. Adquirí por 90 euros un par de zapatillas de un tejido similar al de unos vaqueros, más veraniegas. De nuevo nada más ponérmelas noté ese alivio (¿efecto placebo?) que había notado la primera vez. Pero los problemas llegaron pronto. A la semana siguiente la suela, que está formada por dos capas de goma, comenzó a separarse por una de ellas en la zona del talón. Fui a la zapatería, aceptaron mi queja (aunque no me los cambiaron al momento) y a los tres días me avisaron de que podía recoger un par nuevo. Como ya estaba sobreaviso, vigilaba la plantilla y, a la semana siguiente, parecía querer repetirme la jugada y despegarse. ¿Por qué?. Busqué una respuesta que no se basase solamente en un defecto de fábrica y, tras devanarme los sesos, la única respuesta que obtuve estaba en la alfombrilla de mi coche. El simple acto de deslizar el pie hacia el acelerador y luego volver a posarlo era lo que estaba desgastando el zapato. ¡Increíble! Dado que todavía era poco lo que se había despegado decidí colocar una tela sobre la parte de la alfombrilla por la que deslizaba y pie. Alucinante pero el despegamiento de la plantilla se enlenteció. Pero no del todo, ni su desgaste.

Esta vez decidí no reclamar, entre otras cosas por hastío y por flojera. Sobre todo por flojera. Sin embargo el “proceso degenerativo” de los Geox ha sido imparable hasta el día de hoy. La suela se agrieta por todas partes, la loneta se ha roto por algunas partes y la plantilla comienza a tener un estado similar a la de los anteriores zapatos (que descansan en una caja porque su estado no impide llevarlos a ninguna parte que no sea a recoger patatas al campo).

Y alguien dirá… ¡dónde mete usted los zapatos, señor Rufo! ¡No están preparados para el senderismo ni la práctica deportiva!. Pues ni lo uno ni lo otro. De hecho practico el sedentarismo habitualmente, lo cual unido a que trabajo sentado en una silla y con los pies posados en el suelo hace difícil comprender semejante degeneración. ¿Vale la pena pagar 90 euros por unos zapatos de mala calidad cada 4 meses? Pues a los señores de Geox debe parecerles que sí, pero aqui está el estado de mis Geox tras 16 semanas de uso “sentado”. ¿Me vuelvo a pasar por la zapatería? La solución es andar descalzo.