GEOX, el zapato que respira, pero poco

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Comprarse unos zapatos de la marca GEOX supone habitualmente hacer una inversión de unos 90 euros como mínimo. La cantidad de propaganda que nos bombardea lo bueno que es este calzado atrae como un imán a los que sufrimos de gran sudoración del pie a probarlo. Mis primeros GEOX (a partir de ahora G.) fueron comprados en diciembre de 2009 por el precio de 100 euros. Se “trataba” de un calzado informal pero de invierno. Las primeras semanas, hasta la octava o así, lo mío con esos zapatos fue una luna de miel. Mis pies recocidos e inflamados fueron curándose poco a poco, notaba el pie más refrigerado que con el clásico calzado informal, y objetivamente, para mi sorpresa el pie llegó a recuperar su salud casi por completo; hasta el mes de marzo. Con recelo observaba que la famosa plantilla no solo iba perdiendo su color blanco a medida que combatía el calor que emitía mi pie, sino que llegaba a ponerse negra en los puntos de gran sudoración hasta el punto de acartonarse. Paralelamente el aspecto exterior de los zapatos se fue “envejeciendo”.

Llegó abril y decidí que, por el bien de mis pies y debido a que parecía que la plantilla estaba diciendo basta (y no se pueden comprar separadas en las tiendas), iba a hacer una nueva inversión. Igual es que casualmente este par había salido malo después de tan solo cuatro meses de uso. Adquirí por 90 euros un par de zapatillas de un tejido similar al de unos vaqueros, más veraniegas. De nuevo nada más ponérmelas noté ese alivio (¿efecto placebo?) que había notado la primera vez. Pero los problemas llegaron pronto. A la semana siguiente la suela, que está formada por dos capas de goma, comenzó a separarse por una de ellas en la zona del talón. Fui a la zapatería, aceptaron mi queja (aunque no me los cambiaron al momento) y a los tres días me avisaron de que podía recoger un par nuevo. Como ya estaba sobreaviso, vigilaba la plantilla y, a la semana siguiente, parecía querer repetirme la jugada y despegarse. ¿Por qué?. Busqué una respuesta que no se basase solamente en un defecto de fábrica y, tras devanarme los sesos, la única respuesta que obtuve estaba en la alfombrilla de mi coche. El simple acto de deslizar el pie hacia el acelerador y luego volver a posarlo era lo que estaba desgastando el zapato. ¡Increíble! Dado que todavía era poco lo que se había despegado decidí colocar una tela sobre la parte de la alfombrilla por la que deslizaba y pie. Alucinante pero el despegamiento de la plantilla se enlenteció. Pero no del todo, ni su desgaste.

Esta vez decidí no reclamar, entre otras cosas por hastío y por flojera. Sobre todo por flojera. Sin embargo el “proceso degenerativo” de los Geox ha sido imparable hasta el día de hoy. La suela se agrieta por todas partes, la loneta se ha roto por algunas partes y la plantilla comienza a tener un estado similar a la de los anteriores zapatos (que descansan en una caja porque su estado no impide llevarlos a ninguna parte que no sea a recoger patatas al campo).

Y alguien dirá… ¡dónde mete usted los zapatos, señor Rufo! ¡No están preparados para el senderismo ni la práctica deportiva!. Pues ni lo uno ni lo otro. De hecho practico el sedentarismo habitualmente, lo cual unido a que trabajo sentado en una silla y con los pies posados en el suelo hace difícil comprender semejante degeneración. ¿Vale la pena pagar 90 euros por unos zapatos de mala calidad cada 4 meses? Pues a los señores de Geox debe parecerles que sí, pero aqui está el estado de mis Geox tras 16 semanas de uso “sentado”. ¿Me vuelvo a pasar por la zapatería? La solución es andar descalzo.