Viaje de novios: vayamos por partes, o muramos en el intento vol. I

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Cacadetupito: Cacadetupito y Rufo se han casado. Tras el encuentro con entidades que fue la boda (cosa que es digna de contar, pero será en otro capítulo) se disponen a celebrar su unión yéndose de viaje…
Informe de situación; estamos en una especie de pueblillo fantasma al más puro estilo “polígamo de Peligros” en las afueras de Burdeos, en un hotel de 4 estrellas (el máximo aquí) con luces de neon por fuera como si fuese un puticlub, y que, afortunadamente sólo tiene una planta y la subimos andando por las escaleras, porque el ascensor podría ser el de la casa de mi abuela, si tuviera ascensor. Las escaleras tampoco tienen desperdicio, porque está toda enmoquetada con una especie de tela de pelillo (que por la pinta debe tener ácaros que ya lucharon con el bando de los aliados en la II Guerra Mundial), pero se le perdona porque tiene un estampado de lunaritos precioso. Además, tenemos unas vistas de suite nupcial, que dan al aparcamiento de una nave. No obstante, lo mejor es que el váter está en una especie de zulo incomunicado que mola porque el olor nunca llegaría a tu acompañante, pero eso sí, si te pasa algo, tampoco se entera. Tú puedes morirte tranquilamente intoxicado sin molestar a nadie.
El caso es que el hotel, al ser de 4 estrellas, tiene un súper restaurante de lujo, cuya carta tenemos aquí mismo, y que, al verla, decidimos ir a buscar otro sitio donde tomar alguna tapilla para cenar. Total, que nos salimos a recorrer el polígamo buscando un supuesto restaurante italiano llamado “la mama” que parece ser que lleva tanto tiempo cerrado como años tiene la moqueta del hotel. Pero por contra, justo enfrente, hemos encontrado un sitio y hemos visto el cielo abierto. De lejos se veía que se llamaba “la plancha” y ponía “tapas” y “pinchos” y tenía como decoración exterior, toda una pared pintada con los colores patrios. Al acercarnos, vimos el jardín: Una pizarrilla con forma de toro de osborne en la que ponía “paëlla de la maison” y una especie de terraza de verano con arena, como emulando una playa, y sombrillas. Muy cañí, todo. Miramos alrededor, y, ante la gran variedad de opciones, decidimos entrar ahí. Nos atiende un gabacho muy sonriente que no entendía ni una palabra de español y nos sienta en una mesa y nos pregunta “bebida?” y le pedimos agua y cerveza, y va el tío y me dice que no hay cerveza… ¡¡¡¡ En qué bar español que se precie no tienen cerveza!!!!! vaya puta mierda. Total, que pido agua. Y mi querido señor esposo decide servirse (y a mí) de una botella abierta que había en la mesa, junto a otra de vino. En ese momento, llega el gabacho con una botella de agua de litro y medio de plástico. Mi señor esposo no entendía qué hacía esa otra botella de agua abierta en la mesa. Se pregunta por qué no nos había ofrecido aquella. ¿Sería agua bendita? ¿Sería agua vieja? ¿o meado de burra clarito? El caso es que, por no esperar medio segundo para beber, tuvimos que bebernos un vaso cada uno, y lo peor es que no hemos querido ni mirar si nos la han cobrado.

Rufo: Yo no sé lo que era, pero sabía a agua calentona y había que beberlo, no teníamos opción. Tenía ganas de vomitar y no quería comer nada. Me sentaron mal las galletas en el coche, así que pedir algo era por ayudar a mi esposa. Bueno, la carta no la entendería ningún español, ni tampoco ningún francés. No estaba en ningún idioma conocido, se mezclaban palabras aleatoriamente. Cacadetupito pidió ESCALOPINES DE FOIE ¿?. O sea, un paté rebozado. Para mi, croquetas (cuatro unidades ponía la carta). Sin haber terminado aún nuestra agua rancia apareció el cocinero, que era gabacho como el de antes pero más morenito, casi español, con unos trozos de foie con choricillo dentro, todo ello acompañado de fruta, chorizo y lechuga y… un plato de calamares en anilla fritos. Calamar, croqueta, calamar, croqueta. Ambos empiezan por C y ambos se fríen en una sartén o freidora. Nos miramos desconcertados preguntándonos cómo se dice en gabacho “esto qué polla é”. No lo sabíamos, así que lo llamamos, le indicamos con el dedo el plato y le dijimos NOOOOOOOO. Él lo comprendió, pero nada más. Consciente de que ni él ni nosotros íbamos a entendernos en la puta vida, va y trae un plato vacío, me lo planta delante, muy educado por supuesto, y me hace indicaciones para que vaya a no sé dónde a coger croquetas. Como si fuesen coquinas. Realiza una indicación, como si pudiese coger tres. Nosotros, al borde de la embolia, le decimos exaltados que nos gustan los calamares, que no, que no, que nos los comemos, que no pasa nada.

Nos los hemos comido todos y estaban decentes. Uno puede llegar a sentirse como en casa, pero no es el caso. Qué restaurante español, que presuma de serlo, tiene en la pared colgados ponchos, sonando rancheras, fotos de toreros franceses y carteles de corridas en Francia. Y camareros que no saben ni escribir Paella en la pizarrilla del toro de la entrada. Nunca me he sentido más desorientado en un restaurante español. Este fue el momento cumbre de los dos días, pero creo que Cacadetupito tiene más cosas que contar. Es evidente que cuando uno no conoce en absoluto el idioma del país que visita, en cualquier momento va a meter la gorda y se va a armar.

Cacadetupito:
Me despierto en medio de una carretera llena de camiones procedentes de Sevilla, Lugo, Zaragoza o Polonia. Los ojos aún pegados, miro a mi alrededor y veo lo mismo que había justo antes de cerrarlos: pinos y explanadas. Miro a mi marido y le veo con cara de pocos amigos y me dice “peaje!!!” (porque yo soy la encargada de buscar los dineros para pagar los peajes, ya que mi adorada amiga nos ha dado su regalo de bodas en monedas de euro). Total, vemos que es de estos peajes modernos donde no hay cabinas, ni señores, ni nada, sólo una máquina. Al principio me alegré, porque a las máquinas siempre se las entiende mejor que a las personas, sean de donde sean. Mi marido me dice que prepare 3.30€.
Rufo:
Deposito las monedas en la buchaca metálica y caen ruidosamente dentro de las tripas de la máquina. Pasan 10 segundos y no ocurre nada. Una luz empieza a parpadear: sigue marcando 3.30. Le doy a un botón y sigue sin pasar nada. Empiezo a ponerme nervioso y le digo a mi mujer “qué pasa? no sé qué tengo que hacer. Mírame qué pone ahí”
Cacadetupito:
¿Cómo que qué pone? ¿no sabes leer? “RECUPEREZ LES PIECES” “A ti qué te parece que puede significar “recuperez”?” Mi marido lo capta al momento. RECUPERA dos moneditas de 5 céntimos del fondo de la buchaca y las vuelve a echar. No pasa nada. Me mira cabreado y le señalo muerta de risa un dibujillo donde había monedas y ponía: 1€, 2€, 0,50€, 0,20€, 0,10€. Le cambio las moneditas por una de 10 céntimos y la barrera se abre. Ya nos sentimos más cómodos en Francia.

Rufo: Pinos, pinos, pinos y más pinos. Parece que el único árbol que se pueda plantar en Francia sea un pino. Y eso de que en las autovías se pueda conducir a 130 es sólo una verdad a medias, porque ésta estaba en obras. Y venga camiones, y venga más camiones. Pero menos mal que llegamos al hotel. Burdeos es una ciudad que siempre deseé visitar. Tiene cosas geniales como el Girondins de Burdeos. O algo. Sigo deseando verlas, porque lo que más vimos fue el parking de una nave industrial al que da nuestra habitación.

¡En el próximos episodios de “Luna de miel y nubaggggónes”!: ¡dunas gigantes!¡ferrys! ¡Bretaña! ¡Nazis muertos! ¡Rancheras locas!…

Menos mal, ya volví de Portugal (Guía para ir y para poder regresar)

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Si ir a un festival de música importante es una aventura, e ir a Portugal es un reto, mezclar ambas cosas es similar a intentar curar una gripe dándose cabezazos contra el quicio de la puerta. La lógica, la memoria y la practicidad no es lo nuestro. Por eso cuando montamos en nuestro parabrisas el GPS Garmin, éste interpreta sin dudarlo ni un segundo nuestros pensamientos: ir de frente es de cobardicas.

Cobarde y acojonado llevaba el firmante desde el día en que repasó la lista de peajes por los que había que pasar para llegar a Oporto, destino final con su primera edición del festival Optimus Primavera Sound. Por eso quiero ofreceros una guía rápida para ir a Portugal, a lo que sea, bien a un partido de fútbol o a comprar una puta toalla de bidé. Hasta el motivo de visita más insospechado nos puede deparar un disgusto. En YesWeBoh queremos ayudaros para que podáis regresar con vuestras familias.

1.- Consultar la Biblia de los peajes en Portugal, un blog de una persona “normal” que se ha tirado muchísimas horas para que los más ineptos podamos programar el viaje a alguna ciudad portuguesa sin llevarnos un disgusto (aún así nos lo llevaremos, ojo al piojo).

2.- Leído o no, usted ha de saber que las autovías en Portugal ya son de peaje. Pero cuidado, son peajes electrónicos, trozos de hierro con forma de pórtico que van sacándole fotos a nuestro coche a medida que circulamos como tranquilos europeos por las autovías, obrigados. Es decir, si usted no prepara previamente su viaje a Portugal, su coche será objetivo de la Guardia Nacional Republicana en menos que canta un gallo.

3.- ¿Qué hago? Consultar el blog indicado. No solo nos dan un mapa de carreteras, no, también nos indican paso a paso cómo poder evitar el multón. Nosotros, acojonados, nos registramos en la web de Correios de Portugal; ahí tenemos una sección dedicada a los “Portagens”. Una vez registrados, escogemos nuestro “abono”: 3 o 5 días circulando por las autovías (en el blog se explica en qué consiste cada uno). Nosotros escogimos el de 5 días circulando, que “obliga” a pagar 10 euros, que son como una “tarjeta prepago”: de esos 10 euros se irán descontando los distintos peajes electrónicos bajo los que vayamos pasando. Pero, olé sus cojones; como usted se puede imaginar, para ir de Elvas a Oporto hay unos cuantos “pórticos”, los suficientes como para gastar los 10 euros. Vale, pues la recargamos. Tras dos horas buscando nos damos cuenta de que no se puede recargar “online”. Algo tan sencillo frente a lo complicado que parecía darnos de alta en lo de los 10 euros es… ¡imposible! Tan solo puede aumentarse el crédito en algunas áreas de servicio (las indican en el blog) y en las oficinas de Correios. Cágate. Lo único “bueno” es que durante los 5 días puedes estar en “números rojos” y recargar en cualquier momento sin que ésto sea ilegal.

4.- El prepago es válido para las antiguas autovías SCUT, abreviatura que hacía referencia a su gratuidad, ¡jé!. Para las autopistas habituales tipo A1, etc. no sirve, es decir, en los peajes normales usted tendrá que abonar el importe allí mismo.

5.- Usted coloca el justificante de pago que le ofrecen una vez se ha registrado y pagado, bien visible en el salpicadero, ¡y a viajar!. Nosotros con el alma en vilo, claro, porque todo esto que a usted le estamos escribiendo de corrido, nosotros lo fuimos averiguando progresivamente, como si de una novela de terror se tratara.

6.- Cruzas Puente Ajuda en Badajoz y… ¡tachán! Te para la Guardia Nacional Republicana (GNR). Menos mal que no estábamos siquiera en una SCUT porque si no el susto sería como para darse la vuelta al momento. Control de rutina y adelante.

7.- Cuando entras en las autovías con pórticos cruzas los dedos. ¿Esto estará funcionando? ¿Aquello que se ve por el retrovisor no es una patrulla de la GNR persiguiéndome? No. No, hostia. Estás paranoico. ¿Qué se oye cuando paso por debajo de un pórtico? Flisssssssh. Coño, no estarán multándome. No. Pon el papelito que se vea bien, no vaya a ser el demonio pinchauvas.

8.- Como buen español pagador, te detienes en una de las estaciones de servicio (la de Abrantes) que dicen se puede recargar. En tu gallego-portugués de pacotilla le dices a la señora que quieres recargar tu tarjeta. “No, no, no, aqui no se puede” dice en su portugués ultrasónico. Carallo, ¿y ahora? ¿recargamos al llegar a Oporto? Venga, va, nos arriesgamos.

9.- En el portal de CTT del que dimos el link antes y usando sus datos de registro, puede consultar los peajes que ha pagado y el precio, además del “saldo disponible”. ¡¡¡¡Pero cuidado!!!! Tarda varios siglos en actualizarse. De ahí nuestra paranoia conspiranoica. ¿Estamos pagando realmente? ¿Por qué aún no me salen estos peajes? ¿Tardará en actualizar?.

10.- Tarda más en actualizar que Paquirrín en hacer una cama. Pero yo como no lo sabía me acojono. Gasto de mi 3G, del roaming y de mi puta estampa los dineros para ir viendo si se actualiza o no. Hostia puta, que no se actualiza, que no podemos recargar. Que nos detienen y nos quedamos sin ver a The Walkmen y sin tomar bacallau dorado.

11.- Circula tranquilo, no te van a parar. No va a pasar nada si haces las cosas como son debidas. Cuando llegues a tu destino, si no es festivo, recarga la tarjeta. Pero no seas pardillo/a, recarga lo justo si vas a hacer un viaje de vuelta porque, según cuentan los que ya han pasado por esto, tardarán varios siglos en devolverte el dinero que te haya sobrado de tus sucesivas recargas.

12.- Lo más importante de todo, a la vuelta no se detenga. Es importante que desayune en algún bar lejos de las autopistas. Ni se le ocurra semejante cosa. En ellas hay furibundas hordas de portuguesas de viaje a Fátima, Tuy o adonde sea, dispuestas a que ningún español gilipollas de merda pueda desayunar antes que ellas. Es fundamental, para ir o venir de Portugal, alimentarse adecuadamente lejos de las áreas de Servicio, si uno no quiere volver en decúbito supino.

Parece fácil, pero no tiene nada de fácil. Todos estos pasos implicaron dosis de mala hostia, de incomprensión y de resentimiento hacia los portugueses. Hay que tener muy mala hostia para crear un sistema tan jodido y luego ponérselo tan difícil a los que venimos de fuera a gastar los dineros a su país.

El festival guay, ese es otro cantar, pero Portugal… vamos, que realmente sólo quería despotricar sobre los peajes, porque si me pongo a hablar de Oporto no paro. Madre, ciudad más desaprovechada, más avejentada y menos cuidada no la había visto nunca. Una pena con lo bonita que podría ser, con tanto barrio antiguo y casas de pescadores. Todo a punto de caer para abajo y matar a unos cuantos Pepes y Cristianos Ronaldos. A mí pena me daría un poco, porque son personas como usted y como yo. Preferiría que no pasase, pero me toca mucho los cojones que tengan unas carreteras tan de puta madre y unos peajes tan caros para luego dejar las ciudades de pena.

Venga, Portugal no me ha gustado y ya está, tampoco tiene sentido ensañarse. Ni de otras cosas apetece hablar. Pero tenga usted cuidado, que la toalla puede salirse en más de 100 euros.