El lado perfecto de lo imperfecto

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Iba a hablar de nuestro último viaje a Portugal. Al final he cambiado de opinión, el veneno me estaba matando así que dejaré que mis defensas lo contengan un poco antes de liberarlo. Por casualidad mirando los favoritos de mi navegador “recordé” mi cuenta de Flickr, en la que tengo almacenadas algunas fotos que he ido sacando durante estos últimos cuatro años. La cuenta en su vertiente gratuita está limitada a 200 fotos, de ahí que solo seleccione aquellas que me guste ver a veces y, al mismo tiempo, pueda ver cualquier persona sin sentir pudor. Más pudor que el que pueda sentir una persona que no sabe nada de fotografía y se dedica a hacer “click” a su cámara guiado por la intuición.

Viéndolas me he dado cuenta de que es una de esas cosas que no me hace sentir verguenza que alguien las vea, aún sabiendo que sus características obligarían a un fotógrafo a seccionar mi cuello de cuajo y exponer mi cabeza en el pedestal de los necios. Bah. Soy muy fan de sacar fotos, pero es difícil que me motive a sacar la cámara de la funda un monumento famoso, una persona de la farándula o un paisaje típico. Esas cosas las encuentras por internet y tras varios años ves tus fotos y te da la sensación de que las haya sacado otro fulano o fulana. Me gusta captar instantes, aunque sean desenfocados, la luz de sitios que me llama la atención, los colores, los cielos y, sobre todo, las dichosas nubes. Cierto es que ahora vivo en una región que se caracteriza por tener paisajes impresionantes, pero que empuja a las nubes del Atlántico lejos de ella. Eso hace que aproveche más los días raros en los que algunas hacen su aparición o se dejan caer rodando por la Sierra Nevada. Son nubes distintas a las gallegas, porque la luz es también muy distinta, sin embargo cuando alguna se dibuja en el atardecer granadino, ocultándose el Sol por detrás del Montevive del pueblo de Alhendín, uno se queda absorto.

La utilidad que tiene para mi la cámara de fotos no es tanto guardar fotos de lo guapos que íbamos aquel día en la boda de Agapito, sino el onanismo melancólico del recuerdo de algo muy bonito e irrepetible.

Cuando te has tirado treinta años viviendo en Galicia y de repente bajas a Andalucía, comprendes que una nube es un algodón único, sobre el que se proyecta una luz irrepetible y emite una sombra distinta a cualquier otra. El paisaje es siempre distinto, aunque a veces se parezca. El cielo gallego, incluso en verano, se jalona de nubes, cúmulos que apaciblemente surcan el cielo con esa brisa tan agradecida de la tarde. Granada quiere lucir presumida y se aparta con la mano los copos de humedad; así recibe una luz fuerte, directa y caliente. En Granada lo verde brilla con ira, mientras que en Galicia el verde parece caer despacio sobre las hojas, cuyo verano siempre está lejos y nunca llega.

dopamine clouds over craven cot

La primera foto que subí a Flickr fue de un amanecer en Coruña todavía más bonito que el que estaba acostumbrado. Luz y nubes, y la música drone que no falte. Porque las fotos deberían poder tener siempre una banda sonora, algo que nos permita acercarnos todavía más a saborear la sensación que teníamos cuando la sacamos. A mi aquel día me sonaba a Stars of the Lid:

Y así hasta la última foto, en la Sierra de Cádiz, con sus parques eólicos y el verde que te pega un puñetazo, ahí puesto, como si del suelo brotasen.
the wind

Me sonaba a The Jesters y “The Wind”

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Y así más de cien fotos, unas con canción y otras sin ella. A veces las miro y recuerdo el momento en que las saqué. En algunas me viene a la cabeza lo que pensaba, en otras me recorre una hondanada de felicidad, de esa belleza imperfecta de un momento cualquiera en el que pensaste que lo mejor que podías hacer era sacar una foto a algo bello, porque en ese momento nada importaba más que eso. Estar vivo y dejar constancia. Tan banal y tan humano que me da miedo.