Asuntos propios, funambulistas de la radio

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Escucho la radio al levantarme y, a veces, cuando voy en el coche. Habitualmente tengo Radio Nacional de España sintonizada. La razón inicial fue que no tiene publicidad, que si en la tele me irrita y me incita a ir a vaciar la vejiga de forma compulsiva, en la radio me irrita hasta el punto de terminar apagándola para no escuchar la cuña de la óptica de la esquina. Pero, desde hace unos años, la principal razón para poner la radio por las tardes en el coche son dos programas: “Asuntos Propios” y “Esto me suena”. Ambos ocupan las tardes de RNE de 15 a 19 horas. Cada uno tiene sus particularidades, locuras y neurosis propias, pero los dos son los programas más cojonudos que se pueden escuchar en la radio pública.

“Asuntos Propios” lo conduce y desborda un tío que nos sonaba de “Caiga quien Caiga” en la época del bajonazo con Manel Fuentes. Aún así ya destacaba allí con su voz de señor mayor contrastando con la necesaria jeta para aquel programa que comenzó con Wyoming dando caña a diestro y siniestro a la tropa Aznar y que terminó siendo como una especie de mascotilla a la que los políticos y famosillos en general daban coba para quedar bien en la foto. Pero bueno, Toni Garrido me parecía de lo mejor de esa etapa.

Hace unos años, como suelen decir, “saltó” a la radio. Y debió coger bastante impulso porque su programa lleva casi un lustro en antena acompañado de un señor sueco, Tom Kallene, “su eco es sueco”, que por momentos me hizo pensar que Javier Sardá y su Señor Casamajor tenían seguidores. No, Tom Kallene existe, afortunadamente. Entre los dos y un posible equipo de guionistas en la sombra, si lo hay, se han atrincherado en un chiringuito radiofónico cargados de bombas fétidas dispuestos a explotarlas en cuanto algún político, empresario o hijo de putilla haga puntos para merecérselas. Las tres horas del programa dan para mucho: música, variedades, entrevistas y, por encima de todo, mucho humor. Eso ayuda a que la mala hostia que vas acumulando durante el día se vaya diluyendo. Aunque no son ellos los que te hacen olvidar los motivos de tu cabreo con el mundo, pero hay que creérselo, las penas compartidas se llevan mucho mejor.

Echando la vista atrás, ya cuando la época de Zapatero las palabras de Toni Garrido, los mini monólogos que en cada programa nos sitúan o recuerdan la actualidad, caustifican todo aquello con lo que rozan: el paro, los jóvenes, los jóvenes y el paro, la crisis, los bancos, los políticos, los políticos de los bancos… Zapatero, Rajoy, Aguirre, Rubalcaba… Es la palabra de alguien que sientes próximo a ti y que dice exactamente lo que estás pensando, que no identifica una ideología en sus palabras, sino que se va directamente a las personas, al sentido común, a los dos putos dedos de frente. Conectas porque tú querrías decir en la radio lo que está diciendo de una forma tan elegante, pero sin arredrarse. Muchos no se atreverían a decir en una reunión familiar lo que suelta Garrido a quien quiera oirlo todas las tardes.

Cada programa lo escuchas como si fuese el último. Piensas “mañana seguro que los sustituyen por Clásicos Populares”. Pero aguantan, y no creo que el mérito sea de los políticos de turno que nos castigan a diario, sino suyo, aunque no sé cómo se las apañan. Quizá sea por la gran cantidad de llamadas de gente normal que piensa igual que nosotros, que se emocionan al escuchar que no estamos locos, que la crisis no la hemos provocado nosotros, que la forma de “corregir” la crisis es realmente la forma de hacer más ricos a los que más tenían antes, que el racismo no es la solución; y tantas cosas durante los últimos años que nos han ido fastidiando. No me sorprendió, pero sí que me emocionó, saber que mi padre es también oyente del programa. Hablando por teléfono un día, me dijo que tenía que escuchar un programa de RNE en el que unos tíos, de forma muy divertida, tiraban a dar contra todos los que nos están jodiendo el presente y el futuro, y han convertido la lucha por los derechos civiles protagonizada por nuestros mayores en baldía en apenas unos meses. Y lo hacen con tanta valentía que cuesta comprender cómo uno puede ser tan suicida, aún a pesar de tener unas convicciones firmes.

Les doy las gracias. He estado de acuerdo en muchas cosas, en desacuerdo con otras, pero es de elogiar que, al contrario que otros compañeros de su cadena, no hayan adaptado su linea para “encajar” mejor con los que ahora mandan. Les va a costar caro y, después del verano, seguramente tengan que buscarse las habichuelas en otro lugar. O no. Allá donde vayan les seguiré, aunque haya que escuchar algún anuncio de la cristalería del vecino.

Mis asuntos también son los suyos.

¿Dónde está la DGT cuando se la necesita?

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Es una hora cualquiera en la vía de entrada a una infernal ciudad, pongamos que hablo de Granada. Apagas la radio, no porque no te interesen noticias de banqueros chorizos, políticos pinchauvas y majaderos patea-balones, sino porque necesitas concentración máxima para poder llegar a tu destino de una pieza. Los peligros son múltiples a medida que disminuyes la velocidad y te aproximas a la cola de salida de la circunvalación. Conforme tu velocidad aminora decenas de máquinas infernales de dos ruedas comienzan a sobrepasarte a ambos lados sin orden ni control, y porque aún no pueden pasarte literalmente por encima. Clavas cada ojo en un retrovisor en un amago de estrabismo divergente que es tu mayor aliado. Salvo que vayas a abrir la puerta no corres peligro. Los monstruos necesitan escaso espacio y, como mucho, rozan levemente el espejo retrovisor. El miedo lo sientes cuando la cola te hace alcanzar el final del carril de deceleración. La linea continua que te acompaña a la izquierda y que en otro mundo irreal te daría seguridad, se hace discontinua para algunas bestias de cuatro ruedas que se plantan enfrente y contra las que no puedes hacer más que resignarte.

El tentador claxon es un arma de doble filo capaz de desatar la cólera más animal del que solo miraba las fotos en el libro de la autoescuela, incapaz de leer, y al que aprobó el examen un chino a cambio de unos 50 euros. Con el corazón en un puño alcanzas la rotonda de entrada en la ciudad. Te deshidratas con tanto sudor frío. En la rotonda solo sirve la supervivencia, no hay suerte ni milagros que valgan, has de meter el coche “por cojones” salvo que quieras montar un Ultramarinos en el ceda el paso.

Cuando llegas a casa solo puedes congratularte de seguir de una pieza un día más. ¿Dónde está la DGT cuando la necesitas? Pues con el radar colocado en el principio de una recta de algún pueblucho de mala muerte para multar al parroquiano de turno. O circulando con la moto a toda pastilla con destino indeterminado. O parando a ciclistas por ir de “a dos” por el arcén de la carretera.

Por eso me he emocionado leyendo el artículo de Arturo Pérez Reverte titulado “El cretino de la curva“. Gracias Don Arturo.