Cold Mountain, la montaña de las coles

Qué complicado es recoger coles, no todo el mundo es capaz de estirar el brazo, doblar la espalda y apañarlas. Qué dolor y qué asco. “Cold Mountain” es una película no apta para corazones sensibles, decididamente puedes terminar llorando de la pena que te da su protagonista encarnada por la esquelética, ya por aquel 2003, Nicole Kidman. Encarnar lo digo sin querer, digamos que le ofrecen uno de los personajes con más patetismo por metro cuadrado de cuerpo que haya sido grabado con una cámara. Imagínese usted la Guerra Civil americana, una niña bien que se va a vivir al campo porque su padre cura, pastor, o como se llame, anda mal del motor y se tiene que quitar del estrés. Se van a un pueblo que se llama Cold Mountain, tan bonito como lleno de cazurros sureños deseosos de que se declare ya la guerra para empezar a pasar por la piedra a los yankees abolicionistas, por decir algo, porque parecen tan amantes de los negros como un miembro del KKK tomándose una litrona en un pub del Bronx.

Nicole Kidman se enamora en cinco minutos de un tipo al que pone cara Jude Law, la antítesis del anti-dandy, es decir, resulta complicado imaginar que pasen de él las señoras de un pueblo un poco normal. Pues sí, no solo pasan de él sino que tiene fama de chavalín callado: tres segundos le llegan para que la recién llegada lo ame hasta la muerte. Se inicia así una historia de amor de las más insulsas y raquíticas que he visto, incluso entre las del tipo adolescente. Su amor se basa en experiencias y conversaciones profundas como las de dos osos hormigueros dándose un festín. “Toma una hormiga”, “estoy lleno ya, cariño”. Afortunadamente estalla la guerra y mandan a Jude Law a guerrear. Ella se queda tristísima. Tanto que llegas a la conclusión de que venía ya tarada de la ciudad. Su relación se vuelve epistolar. Esas relaciones tan extrañas y peliculeras en las que se mandan cartas con destino a “El Frente” y las reciben tan tranquilamente que te hace pensar en si no será peor ahora el servicio de correos.

Hora y media de la película es un verdadero ahogamiento emponzoñado del espectador en un pantano de “oh cuánto te quiero”, “oh mi amor cuánto te echo de menos”, “oh dios cómo me duele tu ausencia”, mientras Jude Law sortea cualquier accidente que pueda ocurrirle. Debajo de él estalla un polvorín, le disparan cuatrocientas veces en el cuello, el pecho… vamos, que lo sobrevive todo. Consciente de su suerte decide convertirse en desertor para comprobar si su amada todavía se acuerda de él pasadas tantas horas.

Paralelamente Nicole Kidman, que no sabe freir un huevo y es tan ridícula que dan ganas de meterle en el vestido un par de kilos de cucarachas a ver si espabila, sufre la muerte de su padre. Imagínense, chiflada y sin nadie que cuide de ella. Afortunadamente el cacique del pueblo, que curiosamente es más feo que un pie, comienza a andar detrás de ella. Como es lógico en una mente enferma y obsesionada, ella no se olvida de Jude Law y rechaza al otro. Prefiere vivir leyendo novelas de mierda tipo “Mujercitas” y delirando con que el gallo que tiene en el corral es el demonio pinchauvas. Entonces aparece el único personaje que vale la pena, una palurda interpretada por Renée Zellweger que le hace el favor de su vida: rehabilitar la granja de los horrores a cambio de pensión completa. Nicole, gracias a Zellweger, se vuelve medio persona, aunque sigue obsesionada con el fulano. El cacique, enfadado, se dedica a cargarse a todos aquellos que ayudan a desertores. La limpieza llega a la granja, ya que las dos señoras le echan un cable a unos desertores conocidos: el padre de la Zellweger, Jack White el de los White Stripes y un tipo que tiene una luz de bombilla de bici en el cerebro y que se apaga si no anda. Evidentemente el último morirá. Los otros dos sobreviven de puro milagro porque no era lógico que Anthony Minghella no reservase la mejor muerte para el protagonista.

Tras cruzar campos y montañas como Marco Rossi, Jude Law llega a Cold Mountain, se acuesta con Nicole Kidman y protagonizan una escena de sexo surrealista en la que se ven culitos y tetitas sin orden ni concierto, y muere a manos del malo, aunque el malo también fallece. Al final aparece Kidman en el futuro, con la hija que engendró Law con una efectividad del 100%, viviendo en amor y compañía con el resto de la pandilla. Dos horas y media después deseas que los hubiese devorado a todos una manada de perros lobo y las sobras hubiesen servido de abono para las coles.

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