Aqui da asco morir: El Cementerio de los Ingleses

¿Y qué más da el lugar donde a uno lo entierran? Se puede pensar que, ya muerto, da lo mismo estar en un nicho que en un mausoleo de lujo, o en el medio de la Almudena que en la “calle ancha” del cementerio de Membrilla. Pues no es “pataca minuta”. ¿Y si luego es verdad lo de la resurrección? ¿Y si resurges convertido en un hambriento zombie que necesita carne fresca para seguir tocando las narices? He ahí la importancia que damos a esta sección llamada “Aqui da asco morir”, en honor a todos y cada uno de los cementerios que nos ponen del revés, que no son pocos. Para empezar, hemos de recurrir a nuestra visita al “Cementerio de los Ingleses” del concello coruñés de Camariñas. La historia es truculenta: el barco HMS Serpent sale de la ciudad de Plymouth en 1890 con destino a Sudáfrica, con tan mala pata que la noche del 10 de febrero se esnafran contra los acantilados de la Costa da Morte. Ahí se quedan 172 de los 175 marineros. Tres alcanzan la costa y son capaces de llegar a una casa de la parroquia de Xaviña para pedir ayuda. Verdad es que ya debían tener energía para ponerse a caminar después del naufragio.

Llegar al Cementerio de los Ingleses en coche es una aventura. Hacerlo a pie sin conocer el terreno es una gilipollez o, como mínimo, un malgasto de fuerzas difícilmente justificable. La carretera que lleva al acojonante Cabo Vilán y a la no menos impresionante granja de rodaballos “en cautiverio”, señala también un desvío hacia el “Cementerio de los Ingleses”. El morbo sumado al masoquismo son perfectos aliados para girar el volante de tu utilitario y enfilarlo a través de una pista de piedras del tamaño de un pomelo. Durante los primeros 500 metros, incluso durante el primer kilómetro (durante el cual notarás cómo te rebasan a toda velocidad los saltamontes), estás boquiabierto alucinando con eso que llaman “costa agreste” y que yo llamo salvajada natural: un alargado y sobrio faro que parece sacado de una película de Hitchcock, plantado sobre un penacho de piedra que corona un acantilado que se desploma al vacío del mar, como la obra de un demente. 

Comienzas a curvear y las voces resuenan ¿cuánto falta?. “Seguro que no mucho, es muy famoso, si estuviese lejos…”. Pero tú te preguntas lo mismo. Es más, esperas que después de la siguiente curva de ese camino de la muerte te de parada un guarda forestal para regalarte una multa por hacer el gilipollas por lo que se parece más a una pista forestal que a un camino vecinal. Sigues y a los dos kilómetros te encuentras una “fragona” de unos franceses. Mon dieu! Ahí los tienes, tomando el sol en una playa que, de no ser por ellos, me hubiese jugado mis últimos 10 euros a que no había pisado ningún bañista en los últimos veinte años. Nos miraron con recelo; debieron pensar que les queríamos quitar su playa. Nos paramos para tomar una nueva panorámica de la costa y huimos un poco cagados de miedo. Huelga decir que no había ni una casa cerca y uno siempre tiene presente las películas de terror adolescente en casos como éste.

Debimos curvear unas cien mil veces más hasta que a lo lejos, en la loma de una de las colinas que se alzan a pie de playa, aparecieron unas cuantas casas. Las típicas casas de rico perdidas en el quinto pino y con las persianas cerradas, pero ni rastro de un cementerio. ¿Cómo va a haber un cementerio perdido en el culo del mundo? Nos teníamos que haber equivocado. ¿Damos la vuelta? ¡No! Ésta es la máxima del aventurero: siempre que surja esta pregunta la respuesta ha de ser la misma y completamente tajante, porque la luz se apareció al poco rato en forma de varón de mediana edad vestido solo con un bañador y que disfrutaba de una sesión de jogging (¡¿?!). Los ricos también tienen derecho a ser bohemios y vivir en el sitio más de puta madre y a tomar por culo. “Sí, hay que seguir un par de kilómetros, tó-rreto”, o algo así nos dijo. Vimos la luz, fue como un milagro que aquel hombre se nos apareciese en aquellos acantilados donde hasta el GPS baja la ventanilla para preguntar.

Pequeños atriles con “literatura” desperdigados en el borde de la pista de piedras animaban a seguir. Fue dar una nueva curva a la derecha y toparnos con… dos coches aparcados en un pequeño roalillo de grava. ¡Habíamos llegado! Buuuuu. Qué decepción. Tan difícil parecía y al final había llegado allí hasta Don Pimpon con sus pies gotosos. Más que aquel pequeño cementerio rodeado de un muro bajo, con una pequeña losa y una austera roca en su centro, lo que llama la atención es lo que le rodea: una playa que si no está virgen es porque algún guiri chalado ha tenido un apretón de calor, una montaña-duna absolutamente impactante y ese placer de estar en un lugar en el que ningún constructor ha podido poner sus pezuñas todavía.

Y sí, igual hay quien piensa que da un poco de asco morir allí, en un trozo de costa dejado de la mano del ayuntamiento, aunque es de los pocos lugares en los que me ha dado la sensación de que tiene sentido la muletilla esa de “descanse en paz”. Perfecto salvo que se tenga la intención de convertirse en un zombie perturbado chupasangre.

2 pensamientos sobre “Aqui da asco morir: El Cementerio de los Ingleses

  1. Todos mis respetos.
    Chapeau.
    Sólo añadir que hay que llevar ropa de trekking, o de cota de malla.
    Un respeto me lo guardo para el jueves.

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